A mí me llega el espíritu navideño apenas siento el primer aire fresco de octubre. Andar abrigada, tomar chocolate caliente o adornar la casa me ponen contenta.
El otro día, el sólo ver foquitos titilantes y un lote de arbolitos de Navidad me hicieron evocar tiempos felices.
Me puse a pensar por qué me ilusiona tanto esta temporada y me di cuenta de que mi madre nos infundió ese amor por diciembre cuando mis hermanos y yo éramos niños.
Ella era soltera y trabajaba mucho. Vivíamos una vida austera. Nunca comíamos fuera y siempre teníamos sólo lo necesario en ropa y juguetes.
Soy de la capital mexicana y cuando era niña, el 24 de diciembre Santa Claus no traía regalos, ni la gente se regalaba cosas. Los regalos los traían los Santos Reyes el 6 de enero.
Para nosotros la fiesta era en la Noche Buena y representaba un tiempo para estar juntos. Era especial porque esa noche cenábamos muy tarde y había una gran emoción y preparativos antes del evento.
Los días previos a la gran noche tenían un aroma especial.
En los mercados, mandarinas, tejocotes, guayabas, cañas, cacahuates y la colación creaban un ambiente único.
Además, los vendedores sacaban sus puestos afuera del mercado y los adornaban con series de luces y vendían ahí todo lo necesario para las posadas: canastitas de papel, piñatas, ollas, luces de bengala, velitas para pedir posada y mucho más.
En las posadas que los vecinos o amigos de la escuela organizaban daban ponche de frutas y luego de pasear a los peregrinos se rompía la piñata.
Mi mamá recibía aguinaldo así que se daba el lujo de comprar manjares para la cena: bacalao noruego que hacía a la vizcaína y romeritos en mole con tortitas de camarón eran los platillos principales. A veces también hacía buñuelos.
Mi madre era muy buena cocinera así que la cena era deliciosa y esa noche arrullábamos al niño Dios en una mascada sobre un lecho de colación y finalmente lo poníamos en el nacimiento.
Aquí en California los aromas y elementos de las navidades de mi infancia no existen. Sólo están en mi memoria, pero las lucecitas, los árboles y el frío me los recuerdan, me hacen más que nada evocar el espíritu de paz, amor y felicidad que mi madre nos convidaba.
Y eso es lo que quiero ahora yo compartir con mis hijos.
Aquí hay otros aromas decembrinos: pino y eggnog o chocolate caliente son algunos.
Espero que en el futuro, unas sencillas lucecitas parpadeantes y un poco de frío les ayuden también a mis hijos a sentir el espíritu de la Navidad y a disfrutar con sencillez de estas fechas.
Lilia O’Hara – 619.293.2294
lilia.ohara@mienlace.com